La etnia Tapiete en su lucha para sobrevivir

sábado, 28 de abril de 2012

Un pie cansado bajó de la camioneta y pisó el polvo. La canosa cabeza de Rudolf H. Jalmar Olsson fijó la vista en Samuwate o Samayhuate, como acostumbran decir los foráneos. Es martes 6 de agosto y después de cinco años, el misionero evangélico sueco de 88 años se encontró con unos tapietes diferentes a los que conoció en 1955. Tantos años perdidos en la memoria trajeron esta vez de regreso a quienes se fueron a Argentina en busca de una vida mejor.
Los tapietes viven perdidos en el sudoeste de Bolivia, en la provincia Gran Chaco del departamento de Tarija, tercera sección. A 130 kilómetros de Villa Montes es un rincón del país a sólo cinco kilómetros del Paraguay. Para llegar, la camioneta de Olsson pasó por el último puesto militar antes del control fronterizo, el Regimiento 5 de Infantería Campero en la zona de Ibibobo. De ahí se desvió a la carretera rumbo a Esmeralda. El velocímetro debía calcular los 17 kilómetros para tomar un sendero sinuoso abierto por los tapietes. Es un estrecho camino tan polvoriento que los automóviles parece que llegaran flotando entre nubes.

Samuwate es una comunidad en la que habitan diez familias integradas por 44 personas repartidas en ocho casas distanciadas entre sí por decenas de metros. Los árboles rodean el lugar, pero a causa de la deforestación no dan la impresión de monte. En el resto del territorio tapiete viven otras tres comunidades que están más dispersas, haciendo un total de 75 tapietes, los que sumados a los primeros serían 119 personas incluyendo a los niños y jóvenes no casados que no suelen ser tomados en cuenta por los tapietes.

En la parte central de Samuwate está el Centro Comunal.  La mayoría de estos tapietes son parientes consanguíneos en primer grado.

Hijos desconocidos del Chaco

¿Tapietes? De seguro nadie había oído hablar de ellos, a excepción de los weenhayek que hacían algunos negocios con ellos. Como la naturaleza era generosa, los tapietes se mantuvieron a prudente distancia de los llamados blancos. Se repartían por toda la región sudeste del actual Chaco boliviano, transitando por el punto tripartito con Argentina y Paraguay. Como si fueran moscas, revoloteaban alrededor del Pilcomayo que cada año les regalaba abundante pesca.

No tenían un lugar preciso de residencia, pues el Chaco estaba en ese entonces con animales y vegetación suficientes para su subsistencia. Como las plantas bastaban en su botiquín y el vestuario y el albergue lo brindaba la naturaleza, no era necesario un contacto con el mundo exterior. Aún no habían vivido en Samuwate, pues no se habían asentado en el lugar. La miel endulzaba sus alimentos y la algarroba y la cocaicabra eran sus manjares, que son considerados por el mundo occidental como alimento propio para el ganado.

Así, conviviendo con la naturaleza y los pueblos vecinos, crecieron en número y aprendieron el tejido de la llica y el modelado de la arcilla. El Consejo de ancianos, el centro de las comunidades, definía la justicia e impartía la educación y las buenas costumbres. Cuando los ancianos morían, los hijos ajustaban sus rumbos y partían a tierras más lejanas.

Las casas rústicas eran iglús hechos de barro y ramas secas denominados yuyitos. A su paso, la fauna se alteraba, pues como grandes cazadores podían acabar con los animales de una región.

Tatuajes de la guerra del Chaco

Caos y explosiones amenazaron sus vidas. Al Tumpa, el dios local, no se le ocurrían explicaciones para sus hijos. “Escuchábamos ¡pum! y salíamos corriendo al monte”, cuenta la anciana Elena Guarawapo, apellido que los blancos cambiaron por Tronco. En ese entonces, vestía un tipoy y los hombres sólo llevaban taparrabos y pinturas en el rostro. Para los estrictos inviernos del Chaco, los tapietes sólo tenían como aliado al fuego que chasqueaba con la leña y asustaba a las fieras.
1933. Los soldados bolivianos y paraguayos se disputaron la tierra que los tapietes siempre creyeron suya. A su paso, los ejércitos de ambos países arrasaron flora y fauna para poder subsistir. Las inclemencias de la zona los mataba y depositaba en los suelos enfermedades antes desconocidas. Cuando un ejército paraguayo irrumpía en su territorio, los veía salvajes y los empujaba a huir hacia el escarpado monte que se tragaba a los temerosos tapietes que, sin darse cuenta, habían salido disparados en tantas direcciones que nunca más se encontraron. En un segundo, Elena se había quedado de pronto sin madre y hermanas.

Toparse con los bolivianos no era tan afortunado. “Hablan la lengua de los enemigos”, era el pretexto ante la incapacidad de diferenciar el guaraní del tapiete. La tierra seca bebió, entonces, la sangre tapiete.

Y 1935 se llevó la guerra, pero dejó los muertos y el campo de batalla. Los animales que habían logrado sobrevivir del plato de los soldados, se internaron en lo más profundo del monte. Las plantas no bastaron para curar tanta enfermedad y los cuerpos de soldados dejaron uniformes por doquier. Eddy Arce y otros estudiosos del tema presumen que es ahí donde surgió el término de Capitán Grande (Mburuvicha Guasu en tapiete) para bautizar al cacique, que hasta hace unos años todavía vestía un uniforme militar en todas las reuniones con otras comunidades. El uso de la ropa occidental también empezó con la guerra. Un mundo se había abierto para ellos y los había marcado para siempre.

La caza de ganado

Después de la guerra, la necesidad empezó a abatir al pueblo tapiete. Se estableció en Samuwate, como centro de sus viajes anuales alrededor del territorio. Pero, de pronto, en sus tierras aparecieron ganaderos que empezaron a expandirse hacia sus dominios, además de una pista de aterrizaje cercana para aviones de guerra que quedaba ahí.

Surgió la necesidad de aprender el español, aunque en un principio fue sólo para hombres. Se volvieron asalariados de los llamados blancos y aprendieron a vender la llica para ganar unos pesos. Entrenaron a los perros para cazar iguanas y prácticamente causaron la extinción de estos reptiles en la región. Las iguanas morían a palos, pues su piel se vendía a blancos montados en bicicleta que llegaban desde Argentina y Paraguay.

A falta de animales silvestres, los tapietes decidieron cazar a las vacas encerradas en los corrales que rodeaban su territorio. Los ganaderos lo entendieron como robo y decidieron discutirlo a balazos. Los tapietes ya manejaban los fusiles, herencia de la guerra, pero no tenían balas para defenderse. Así surgió la caza de tapietes y día que pasaba se acercaba su exterminio total.

En 1955 llegaron sobre un tractor Rudolf H Jalmar Olsson y su esposa, de la Misión Libre Sueca. Los pastores evangélicos recibieron una carta del comandante Luis Arias Gutiérrez en la que se quejaba de los tapietes armados que mataban vacas para comer. Les pidió que evangelizaran la zona, a ver si así los ganaderos los dejaban vivir. Algunos estudiosos creen que la intención del Comandante era otra: que los misioneros sean asesinados por los tapietes, ya que no hablaban el mismo idioma y los originarios estaban armados. Conjeturas o sólo mala leche, el incidente jamás ocurrió.

Cuando Olsson entró en Samuwate con dos jarrones llenos de balas, lo recibieron de buen grado. El sueco, de 43 años en ese entonces, se lanzó a cazar junto a ellos el primer día. Desde ese momento todo cambió. Olsson se las ingenió para persuadir a los tapietes de la caza de vacas y los impulsó a penetrar en el monte, regalándoles las balas y comprándoles los cueros de cualquier bicho salvaje. Les enseñó a trabajar la tierra y sembraron ancos (zapallos grandes), maíz y maní.

Pero también se sembró la fe cristiana y paulatinamente los tapietes fueron dejando el baile, el alcohol, el cigarro y hasta la coca, asimilada durante la guerra.

La llegada de un generador de electricidad atrajo a la luz a todos los insectos nocturnos, así como la cría de gallinas tentó a las serpientes que se enroscaban en los árboles para reventarlos en su interior.
Pasaron los años y los misioneros suecos se fueron; aunque siempre volvían porque tenían a Samuwate en el corazón. Llegó otra misionera, Astrid Jones, que se ocupó de curar a los enfermos o de llevarlos a Villa Montes para sanar sus heridas. En la década de los 70 también se creó la primera escuela, pero no duró más de tres años.

Un tapiete en avión

La animosidad de los ganaderos no terminó con la llegada de la misión sueca. Cada vez se expandían más y reclamaban tierras. Por la pobreza, muchos tapietes se habían ido a los países vecinos, donde las comunidades tapietes eran mucho más numerosas por las migraciones de guerra.

Tomás Ferreira Tato fue nombrado Capitán Grande. No era una persona culta, pero sí emprendedora. Se las ingenió para que los tapietes sean incluidos en la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG) y presentó las demandas de su pueblo. El 10 de enero de 1997, los tapietes de Samuwate pidieron la titulación de 51.366.358 hectáreas amparados en la Ley INRA como Tierra Comunitaria de Origen (TCO).

La lucha fue ardua. Tomás emprendió el largo viaje a La Paz para supervisar el saneamiento de la superficie inmovilizada. En Tarija, se subió por primera vez a un avión. “¿Qué hace un indio en un avión?”, se preguntaba. “Entonces le decía al Señor que ya que estaba tan cerca de él, Tomás no va a parar hasta conseguir las tierras”. El Capitán acostumbra hablar de sí mismo siempre en tercera persona.

El trámite molestó a los ganaderos que se veían afectados en sus territorios. Reuniones conciliatorias prolongaron el trámite por años. Un equipo de 22 personas hicieron el trabajo de campo. Desde ingenieros y abogados hasta choferes del INRA se internaron en el Chaco desconocido, incluyendo a Berenice Barriga y Edwin Chacolla, encargados del proceso de dotación y titulación de TCO’s. Co- mo proyecto piloto, era uno de los primeros en concretarse.

Años de insistencia y trabajo minucioso dieron frutos el 24 de octubre del 2000 en que se titularon 24.840.000 hectáreas, tierra necesaria para los tapietes, según uno de los estudios realizados por el Ministerio de Asuntos Campesinos y Pueblos Indígenas Originarios (Macpio). Los tapietes ya eran dueños del suelo que pisaban. Pero, todavía faltaba gente para poblar estas tierras en el futuro.
Educación

Los ancianos hablan de un lejano tiempo en que los hombres no existían. Sólo una comunidad de topos disfrutaba de las vainas azucaradas del algarrobo que crecía en sus dominios.

“Juma”, saluda Reinaldo Baldera Gutiérrez a sus alumnos. Es “hola” en tapiete. El profesor, de 31 años, se encarga de los diez niños de Samuwate que pasan clases ahí.

A Reinaldo le faltaba aprender mucho. En los talleres le había ido muy bien, pero los problemas surgieron con la escritura en lengua materna. Los tapietes nunca habían escrito. Los profesores weenhayek que daban clases a los otros maestros no le servían. “Yo no sabía si atender o no”. Si no ingeniaba una manera adecuada de escribir su lengua, desaparecería. Se decidió por el alfabeto guaraní, que usa la diéresis y la i atravesada con un guión. La primera indica pronunciación gutural y la segunda se usa para el sonido nasal.

Algún diente también falta en la sonrisa del profesor. Defensor apasionado de la Reforma Educativa, trabaja codo a codo con los miembros de su comunidad, a quienes les costó al principio aceptar la autoridad del joven que, además de hacerse pastor de su Iglesia, apareció con ideas tan locas como hacer una campaña de limpieza desde los niños en la comunidad.

En la comunidad de tapietes, recuerda Reinaldo, los niños aprendían, “mientras los días pasan con sus padres, a través de la observación de la caza y la pesca. Costumbres e historia se escuchaban de boca de los abuelos. Mi papá siempre contaba cómo era todo antes”.

La primera clase que dictó fue única, pues los niños tampoco tenían idea de lo que era una escuela. Aprendieron a dibujar la “a” y así continuó con los meses.  Y así, en toda la región de Samuwate hoy se escucha la campana que llama a la escuela para que los niños recojan los frutos del esfuerzo de un maestro que, orgulloso, tiene a tres estudiantes tapietes de secundaria en Villa Montes. Está feliz de que la educación, como semilla, llegue a todos. “Cumplo con el Estado y sirvo a la comunidad”, comenta el profesor antes de decir “Ajayima”, adiós en tapiete.

plantas medicinales

La broza de mistol, un árbol alto de pequeñas hojas verdes y con ramas profusamente pobladas, se administra para la diarrea en una infusión con hojas de tala, que se toma bien caliente para frenar los impulsos viscerales. No es la única bondad del mistol. Su corteza se utilizaba para lavar el cabello porque proporcionaba abundante espuma, brindando además un brillo envidiable que, entre otras cosas, combatía la caspa. Incluso se lo usaba para lavar la ropa junto a unas enredaderas acuáticas. Y el timpoy, que sucumbió a la potencia de los detergentes y el jabón que hoy los tapietes compran con la ayuda de sus benefactores.

Ellos también confían mucho en la potencia de la huanca, un árbol que junto a las hojas del algarrobo sirve para apaciguar la inflamación de las encías. Y es que un dolor de muelas suele dar fin por lo menos con un diente.
No es la única planta para ese tipo de dolor. Ahí está la coca de cabra.

El País
Compartir esta nota :

Publicar un comentario en la entrada

En este espacio usted puede incluir su comentario o punto de vista. Guarde el respeto y la tolerancia debida. Los comentarios que tenga insultos, contexto de racismo e improperios serán eliminados.

 
CC 2013. Tarija Bolivia