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¡Por fin en Tarija!

Ingrid Gabriela Barrientos Torrico cuenta un viaje en una vagoneta llamada el “Halcón milenario”, como la nave de Han Solo y Chewbacca, hasta la chura Tarija, donde recibió al nuevo año.

Llegadas las fiestas de fin de año, dos familias planeamos viajar a Tarija para recibir el año nuevo, en dos movilidades; parecería, en el transcurso del relato, que las experiencias vividas las debemos a la vagoneta de 1995.

Salimos de La Paz y tras llegar a Oruro compartimos un rico té en la casa de los abuelos, pero partimos rumbo a Potosí para llegar a dormir en esa ciudad.



En medio camino, la vagoneta denominada “Halcón milenario” decidió plantarse, lo cual nos obligó a pernoctar bajo la oscura noche, de un cielo encapotado; dentro de la vagoneta dormimos mi hijo Andrés, la mascota Looki, quien relata esta historia y el amigo de la familia que integró el equipo que hizo la travesía.

Muy tempranito fuimos auxiliados por nuestros primos que arribaron a Potosí y, al percatarse de nuestra ausencia, salieron a buscarnos; gracias al mecánico del pueblo más cercano, pusimos en marcha nuevamente al “Halcón milenario”.

Ya en Potosí, revisaron el motor toda una tarde; aprovechamos ese tiempo para almorzar y dar un paseo, pero ya habíamos perdido medio día para llegar a nuestrodestino. Los primos habían partido rumbo a Tarija con mi hijo Andrés.

Retomamos el viaje y al comenzar el camino de tierra el “Halcón milenario” nuevamente se quedó plantado; ya empezaba a oscurecer y a los costados del camino sólo había cuatro vecinos, dos a cada lado; llegó la noche y otra vez fuimos testigos de una noche oscura, un tanto fría, pero al llegar la mañana el paisaje era incomparable: a lo lejos se veía un árbol de mediana altura por medio del cual los rayos del sol destellaban; había llovido, de modo que no podíamos quejarnos del polvo: fue un amanecer totalmente particular.

El conductor del “Halcón” tomó un bus rumbo a Potosí. Me quedé sentada sobre una piedra, alucinaba con el paisaje y con la novela que leía; entonces, uno de los vecinos, quien era muy viejito, se acercó para ofrecerme un poco de agua caliente y supo delicioso tomar té humeante en la tacita de hierro enlozado; el viejito me dijo que no tuviera miedo, que no me preocupara y a los pocos minutos se me acercó la otra vecina, también con unos buenos años encima, y ella también alivió mis preocupaciones al decirme que allí estaba segura, que mi acompañante con seguridad no tardaría. Fue la primera experiencia en este magnífico viaje en el que me di cuenta que la gente boliviana te hace sentir querida, y protegida, así me sentí mientras llegaba la ayuda. Decidimos dejar al “Halcón milenario” en Potosí, pues si insistíamos en viajar en él no llegaríamos ni para los carnavales a la chura Tarija.

A esas alturas, los primos ya llevaban un día disfrutando de la hospitalidad tarijeña; nosotros llegamos como a las 6:00, después de dos días de dormir en medio del camino y uno en bus.

Pisar tierra tarijeña fue un alivio: sentir la fragancia de las plantas, escuchar el trino de los pajaritos que despertaban a la ciudad parecía de telenovela. ¡Por fin!, dijimos. El clima era delicioso, aunque era muy temprano para el desayuno, así que decidimos caminar mientras el mercado se abría; vimos, en el caso viejo de la ciudad, una arquitectura tan particular, con tanta vegetación, que fue un amor a primera vista. Fuimos alojados en la casa de la suegra del amigo “Tigrito”, un tipazo con una familia tan hermosa, con una esposa 100% chapaca y unos hijos que se hicieron amigos al instante de nuestros niños.

Fuimos hasta El Picacho y vimos, maravillados, el agua celeste del Guadalquivir y compartimos momentos de historia con la familia Paz; visitamos la represa de San Jacinto y comimos unos ricos rosquetes de San Lorenzo; por supuesto, visitamos la hacienda “La Casa Grande” y saboreamos variadísimos vinos, visitamos los viñedos, las plantaciones, gozamos de la naturaleza y de las las pozas. Y, claro, nos nos olvidamos de disfrutar las humintas a mitad del camino, ¡qué delicia!

La proverbial hospitalidad de la gente chapaca se hizo patente una vez más al llegar la medianoche y el Año Nuevo. Después de “curar la cabeza”, como dicen los tarijeños, se armó una de las más hermosas guitarreadas a las que asistí con los amigos de la familia Paz Navajas; con guitarra en mano, con una parrillada, festejamos el primer día del flamante año, entre coplas, cuecas y canciones, incluidas las respectivas clases de baile. Realmente fue un viaje inolvidable.

Soy honesta al decir que Bolivia tiene una gente y un territorio incomparables; a veces nos hacemos la guerra y nos quejamos del fuerte frío o del exceso de sol; pero al recorrer y conocer a la gente y a nuestro territorio todo lo malo se olvida. El “Halcón milenario” fue vendido a los pocos meses de haber regresado de la chura Tarija.


Página Siete

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