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Cómo se infiltra el narcotráfico por las fronteras calientes del norte argentino

El cauce del alto río Bermejo separa la ciudad de Aguas Blancas, al noroeste de la provincia de Salta, de la localidad de Bermejo, en el departamento boliviano de Tarija. Por este torrente de agua, que sirve de frontera natural entre ambos países a lo largo de 75 kilómetros, hombres cruzan en una improvisada balsa.


Está construida con cámaras de camión atadas entre sí, y viene cargada de bolsas que contienen todo tipo de mercaderías, listas para descargar al otro lado. Así, denuncian, cada día ingresan al suelo argentino “sin ningún control”, los productos que inundan las ferias populares que proliferan en el país, pero también los paquetes que desde hace un tiempo nutrirían la ruta de la cocaína que nace en el noroeste.

El tránsito en el río es intenso. Los gomones que viajan cargados desde el lado boliviano se cruzan con otras pequeñas embarcaciones, llamadas “chalanas”, que ya vacías atraviesan el cauce en busca de más productos. Hay hombres que van de un lado al otro del río a pie, con el agua a la cintura.

Cargan paquetes que pueden llegar a pesar 80 kilos y que llevan apoyados en sus cabezas. Son los llamados “bagayeros”, típicos de las zonas de frontera. Según cuentan, ellos pertenecen desde siempre a esta geografía que favorece el “contrabando hormiga”: su actividad consiste en introducir, de a poco, grandes cantidades de ropas, zapatillas y otros múltiples productos desde Bermejo hasta el territorio argentino, buscando evadir los controles fronterizos.

“Una vez que la droga cruza la frontera, fluye hacia las grandes ciudades, donde se asegura distribución, consumo y salida al exterior por puertos”

Las denuncias apuntan al departamento de Orán, donde el tráfico parecería la “principal industria”. Y aseguran que lo nuevo es que entre los hombres, que avanzan en lenta manada sobre la tierra ardiente, se infiltra ya la pesada mano del narcotráfico: “Muchos llevan ocultos entre las bolsas cargamentos de cocaína que, en menos de un mes, tienen que estar a la venta en las calles de los grandes centros de consumo europeos”. La mayoría dice desconocer lo que transportan dentro de los paquetes. Pero expertos afirman que en el noroeste argentino es un “secreto a voces” que -aunque sea a cuentagotas- “forman parte de una ruta clandestina a través de la cual grandes organizaciones colombianas, peruanas, bolivianas y mexicanas ingresan droga al país, y después la distribuyen por el mundo”.

Calculan que todos los días, por la zona de Aguas Blancas, unas 1.700 personas atraviesan el límite entre ambos países. Tras el cruce del alto río Bermejo -y ya en suelo argentino- la mercadería “se carga en autos, camionetas, colectivos y utilitarios que avanzarán en caravana y atiborrados de bolsos, por la ruta 50, hacia la ciudad de Orán, donde viven casi 400 mil personas”, de acuerdo a diversos testimonios y denuncias.

Y aseguran que “ese tráfico ilegal es constante, aunque por la noche se multiplica”. Incluso, cuentan, muchos vehículos “avanzan con las luces apagadas para evitar el control de los gendarmes”. En ese sentido, señalan que el principal escollo es el llamado puesto 28 de Julio de Gendarmería, ubicado a 10 kilómetros de la frontera. “Los choferes lo saben y detienen sus vehículos unos 150 metros antes del control. Luego descargan los bultos en la banquina y se los entregan a los ´bagayeros´, que vuelven a entrar en acción, de una forma tan rudimentaria que suena inverosímil”.

“PASAN A METROS”

Los testimonios recogidos en esa zona y de investigadores dan cuenta que por unos 20 pesos el viaje, estos hombres que se mueven como “hormigas”, se internan en el bosque, y se escabullen por un laberinto de caminos secundarios para “esquivar en sus narices” a los gendarmes del puesto de control, del que pasan a unos pocos metros.

Al mismo tiempo, los vehículos -ahora sin la carga- vuelven a iniciar su marcha por la carretera y atraviesan el control “sin problemas”. Mientras, la mercadería viaja a hombros de los “bagayeros”, que se doblan como jorobados para soportar durante dos o tres kilómetros el peso de la carga. Finalmente, algunos metros más adelante del puesto de Gendarmería, los “bagayeros” salen del monte por el que se escabulleron, para reencontrarse con los vehículos vacíos.

Así, vuelven a cargar la mercadería en autos y camionetas que, tras “gambetear” las inspecciones, ahora sí “viajan sin tropiezos”. Bajarán a través de la ruta nacional 50, que viene de Aguas Blancas, o de la 34, que nace en Salvador Mazza, hacia las ciudades elegidas supuestamente como destino.

De todos modos, hay ocasiones en que los “bagayeros” que avanzan a pie por el monte son interceptados por grupos de gendarmes que los están esperando en un tramo del trayecto. Los obligan a bajar sus cargas, les revisan los paquetes y los dejan seguir en caso de que no les encuentren material que los comprometa. Si ocurre lo contrario, son demorados o detenidos.

Muchos caen en redadas sin siquiera estar al tanto de lo que transportan. Por eso, dicen, los “bagayeros” (se calculan que en esa zona son más de 3.000) que llevarían cargas con cocaína siguen el cauce del Río Seco, aunque también allí hay grupos de avistadores que pueden detectarlos y arrestarlos.

La playa de estacionamiento de camiones de la ciudad de Orán es un punto clave, ya que es allí donde los “bagayeros” separan la mercadería y la entregan a sus dueños. El irresoluble dilema que esto representa para las autoridades estalló allí en su forma más nítida el 7 de mayo pasado. Ese día personal de la Afip desplegó un operativo sorpresa en el que secuestró miles de productos de contrabando, lo que desató un feroz enfrentamiento entre “bagayeros” y gendarmes, algunos de los cuales fueron tomados como rehenes. Los “bagayeros” se doblan como jorobados para transportar por kilómetros cargas que pueden pesar 80 kilos

El lucro es la brújula que redirecciona la droga que ingresa de manera ilegal al país a través de las zonas de frontera. Y establece los circuitos hacia las grandes poblaciones, donde los narcos se aseguran “la distribución y el consumo, las mejores condiciones para el ocultamiento y una eventual salida al exterior a través de los principales puertos”, explican especialistas.

En Argentina, según distintas fuentes, ese circuito tiene dos grandes polos: en el noroeste, la mencionada “ruta blanca” de la cocaína; en el noreste, la “ruta verde” de la marihuana, con eje en los cargamentos que llegan desde Paraguay.

La ruta blanca empieza en los campos de coca de Yucuiba, en Bolivia. Aunque también al noroeste argentino suelen llegar cargamentos de Colombia y Perú. Por su lugar en el mapa, afirman que las provincias de Jujuy y Salta son los primeros destinos del tráfico.

“Salta posee dos ingresos legales: la ciudad de Orán (a la altura de Aguas Blancas) y por la Ruta 34 (Salvador Mazza), donde se puede cruzar la frontera caminando por pasos no habilitados y hay tránsito de mercadería no controlada”, explicó a la prensa Ricardo Toranzo, titular de la fiscalía federal Nº1 de Salta. A la vez, en los márgenes del Río Seco afloran “barrios de movimientos fluidos” y población flotante que hace que esos pasos fronterizos sean “difíciles de controlar”.

En Jujuy, el Puente Internacional Horacio Guzmán (al que se llega desde el sur por la ruta nacional 9), que une la ciudad de La Quiaca con Villazón, en Bolivia, es otro paso fronterizo tan legal como permeable, y donde los controles suelen ser prácticamente nulos, según denuncian.

Además hay que tener en cuenta que a los cruces legales se suman otros cientos de “pasos clandestinos” que miles de personas atraviesan todos los días “como si cruzaran por el patio de su casa”. Por eso, hace menos de dos semanas, jueces de Tucumán, Jujuy y Salta reaccionaron ante el alarmante incremento de las causas vinculadas a la ley antidrogas, reconocieron que hay un “crecimiento preocupante del narcotráfico” en esas fronteras y pidieron “urgentes medidas” al máximo tribunal del país.

Los “bagayeros” se doblan como jorobados para transportar por kilómetros cargas que pueden pesar 80 kilos

“RENTABILIDAD MULTIPLICADA”

Desde esas provincias del noroeste argentino, el circuito de la cocaína recorrería miles de kilómetros hasta las grandes urbes. La ruta nacional 34, que une las provincias de Santa Fe, Santiago del Estero, Tucumán, Salta y Jujuy, sería clave en ese tránsito. Los expertos creen que sus 1.488 kilómetros de longitud son usados por organizaciones narcotraficantes para llevar cocaína a las tres ciudades más grandes del país: Rosario, Córdoba y Buenos Aires; por esa misma vía llegaría a La Plata.

Aseguran que una vez en esas ciudades, la droga puede ser “destinada al consumo o seguir su viaje hacia las principales plazas europeas, a través de los puertos, donde se la vende mucho más cara”.

Todo esto supone una “escala de proporcionalidad entre distancia, cantidad, tiempo y ganancia”. Cuanto más se esté dispuesto a arriesgar y viajar hacia los centros de consumo, más beneficio económico se obtendría, dicen investigadores.

Y consideran que esa ecuación entre distancia, tiempo, cantidad y ganancia se verifica en el siguiente cálculo: en los 200 kilómetros más calientes de la frontera con Bolivia, un kilo de clorhidrato de cocaína se consigue a un precio que ronda los 3000 dólares. Se estima que esa misma carga, pero ya del lado argentino, se vende a 10.000 dólares el kilo, y al llegar a Buenos Aires su valor ya se habría que multiplicarlo por cuatro.

LA “RUTA VERDE”

La misma lógica comercial se aplica a la que podría llamarse la ‘ruta verde’, que tiene eje en la marihuana que llega al noreste argentino desde Paraguay y luego viaja hasta Buenos Aires”, explican expertos en narcotráfico.

En esa ruta, la operatoria sería la siguiente: por agua, las cargas atraviesan el Río Pilcomayo desde Paraguay en pequeñas embarcaciones, utilizando preferentemente a “capsuleros” (son los que ingieren la droga en cápsulas y las expulsan una vez que cruzaron las fronteras), aunque también envían grandes cargamentos.

Ya en suelo argentino, desde Formosa o Misiones se distribuiría luego la marihuana a distintas provincias del país, ya sea enviándola hacia Santiago del Estero y de allí a Córdoba o bajándola por las rutas nacionales 12 y 14 rumbo a Buenos Aires.

DE TRANSITO

Ese esquema, en el que la droga llega a través de las fronteras, muestra lo que muchos expertos en narcotráfico ya han señalado: en general, Argentina no está catalogada como un país productor de droga. Más bien, su aporte fundamental es la provisión de sustancias químicas para la producción de los estupefacientes. Por eso, históricamente, nuestro país se constituyó como un punto de consumo y de tránsito, más que de producción.

En la etapa del transporte de la droga, destacan, es donde los narcotraficantes pondrían en práctica un “agudo ingenio” para evitar ser descubiertos con cargamentos. Para recorrer esas grandes distancias -sorteando controles de las fuerzas de seguridad-, los traficantes aplican “toda su creatividad” para ocultar la droga.

En su afán de camuflar la mercadería, implementan “métodos inverosímiles (desde cargas lanzadas en aviones hasta caballos que cruzan los ríos sin que nadie los monte, con ladrillos de cocaína adosados en alguna parte de su cuerpo)”, explican expertos.

Entre las nuevas formas implementadas por los narcos, por ejemplo en las zonas de frontera, está la que denominan “modalidad convoy”. Consiste, dicen, en avanzar en grandes caravanas de vehículos, para enfrentar a los gendarmes, que a menudo realizan los controles en grupos de cinco o seis efectivos. Se han denunciado hasta convoys de 40 colectivos “vigilados y armados”, viajando por la zona de Orán.

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