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El submundo de los “mochileros” que entretienen a Tarija

En la plaza de la ciudad de Hurlingham, ubicada en la provincia de Buenos Aires-Argentina, se conocieron tres jóvenes estudiantes, quienes asistían a la unidad educativa Esteban Echeverría; pero su amistad no inició dentro de las aulas, pues sus gustos y afinidades, reuniones con sus amigos en la plaza y el bar los juntaron para iniciar una aventura. 
El submundo de los “mochileros” que entretienen a Tarija

En abril de 2013  emprendieron un  viaje y para éste se cargaron de mochilas, zapatillas, unas cuantas prendas, bolos, devil stick (palos para malabares), un par de banderas con unas cadenas y muchas ganas de conocer y explorar las diferentes culturas de su país. Su destino, en principio era llegar al norte argentino. Luego su estilo de vida, de ser estudiantes se concentraría en hacer malabares en los semáforos para juntar dinero y poder continuar con su travesía.

Cuando llegaron al norte argentino no pudieron “detener a sus pies”, debido a que sintieron ganas de continuar, fue así que Yacuiba se convirtió en su siguiente parada, luego de estar ahí por un tiempo no sabían si ir para Santa Cruz o para Tarija, finalmente tomaron la decisión cuando vieron partir el primer bus hacia Tarija.

De esta manera, tres artistas callejeros a los que muchos se refieren como “hippies” llegaron a la ciudad de Tarija y se ubicaron en la esquina de la avenida Víctor Paz y Padilla, donde ahora hacen malabares desde las cuatro de la tarde.

Leandro (23) o el “mono” como le dicen sus compañeros tiene que hacer el primer número de malabares callejeros. Lleva el cabello en rastas color café claras, el costado de la cabeza lo lleva rapado, tiene un poco de barba, ojos verdes y una nariz que siempre está colorada por el sol. Antes de su presentación, se quita la polera y se coloca un saco rojo.

El “mono” coge su devil stick y comienza a gritar animando a uno de sus palos como si se tratara de una persona, después de su número, colecta monedas y se sube al pasto del jardín a esperar nuevamente que el semáforo se ponga en rojo y le dé la pauta de inicio.

“No sé cuánto tiempo viajaré, depende lo que me pase por la cabeza es un clic que te llega, puede que me vuelva a poner la corbata, puede que no. Ya laburé dos años en el microcentro y sé lo que es trabajar para gente de mierda”, comenta el mono en su descanso.

Cuenta que si bien no tiene dinero al menos hace reír a la gente, revela también que el dinero que juntan se lo dan a las “mamitas” (señoras del mercado). Toma una pausa y dice  “se nota que soy de Buenos Aires, hablo mucho” (ríe).

¿Qué opinan tus padres?

“Mi madre es estricta no le gusta, pero uno nació para estar libre y sí te cortan las alas mal ahí, si vos querés ser gay se gay, querés ser mochilero se mochilero”, dice convencido el mono, quien añade que se describe como alguien feliz, ya que asegura que la vida de mochilero es para el que tiene ganas de salir, pues “se vive de la moneda y cuando uno hace algo bien el karma te lo devuelve”.

Pero el “mono” no está solo; Samanta o sami como le dicen sus amigos es una de sus acompañantes, aunque muchas veces le roba la escena. Sus rojas banderas flamean y baila con una gran sonrisa, su cabello es negro y siempre lo lleva recogido por una liga.

Sami estudiaba Administración de Empresas antes de salirse de viaje, no se preocupa mucho por el dinero pues asegura que la Argentina la recorrió a dedo. Sami junta todos los días monedas para pagar su comida, estadía y pasaje para su próximo destino.

¿Te vas a dedicar a esto toda tu vida?

“No, es una etapa de mi vida en la que aprendo, conozco muchos lugares y amplío lo que aprendo. Volviendo a la Argentina no sé si volvería a la carrera que estudiaba o tal vez haría un profesorado, me gustan mucho las matemáticas”, cuenta.

Añade que ella pensaba que su viaje duraría sólo el año 2013; sin embargo revela que planea ir hasta Colombia, Venezuela y volver a su país “cuando sienta que va acabar acabará, quiero seguir un año más pero eso depende de la cabeza de cada uno. Yo creo que después de subir y bajar ya está”, dice.

¿Qué piensas de que les digan que llevan una vida irresponsable?

“No sé si irresponsable o es la vida que uno quiere, porque todo el mundo se queja de sus trabajos, se quejan de todo, todo el tiempo es (mueve la cabeza y aprieta los dientes) arrr,  que como lo que hacen no les gusta, yo hago lo que a mí me gusta y no me quejo”, dice Sami.

Ya son las seis de la tarde y Sami se aproxima a un bolso de lana donde junta las monedas y saca seis pelotitas de goma que emiten luces rojas y verdes, es hora de preparar el acto nocturno le dice a su compañero Eros, mientras el “mono” juega con su devil stick. En ese momento Sami flamea las banderas y Eros se sienta en el jardín de la avenida para preparar su acto nocturno con Sami.

Eros tiene veinte años y es el más joven de los tres viajeros, viste una camiseta ploma, al igual que el “mono” lleva rastas con el cabello rapado a los costados; sin embargo sus rastas son más grandes, y rubias.

“Mi madre me dijo cuando comencé este viaje que estaba estrellando mi cabeza contra la pared, después de un año volví a casa por un par de semanas y continuar; entonces entendió, me dijo que soy joven que disfrute, me dio dinero para que compre una carpa y una bolsa de dormir”, cuenta Eros.

¿Cómo fue tu estadía en Tarija?

“Al principio me chocó mucho, llegue y dije no me gusta cómo me tratan y fue una cosa mutua, si vos eres buena onda, te va en buena onda, pero cada vez me gusta más Tarija eso les digo a mis compañeros. Pero lo que no me gusta es que el semáforo dura 25 segundos”, (ríe).

En Argentina, Eros estudiaba literatura debido a que le gusta mucho la lectura.  “El libro que más me gusta por el mensaje es Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Una vida sin libros sin lectura sin nada, sería una vida sin alma, sin inteligencia y cerrada”, dice y revela que a veces piensa que cuando vuelva estudiará historia o continuará estudiando literatura.

Entretanto, “Mono” deja su escenario de asfalto con la cara roja, agitado y sudando, se despoja de su saco rojo y se pone una remera, un abrigo y una chalina a cuadros; pues la noche cayó en la ciudad de Tarija y el frío de invierno se vuelve más intenso.

Es momento de que Sami y Eros comiencen su acto nocturno con las pelotas brillantes y lo hacen ejecutando malabares con ellas, luego reciben monedas, agradecen, persiguen las pelotas que caen y esquivan autos.

Mientras las actuaciones continúan un amigo de los viajeros se aproxima a lo lejos, sólo se reconoce una barba negra y larga, lleva un charango y una zampoña, saluda a sus colegas viajeros, se sienta y cuenta su historia.

Un viejo viajero

Ramiro de 34 años es originario de Buenos Aires y quizás es el viajero más antiguo que los tres acompañantes conocen, lleva quince años recorriendo el mundo, diez años distribuidos entre Alemania, Francia, Italia, Holanda y España, los últimos cinco años los pasó en Latinoamérica.
Ramiro tiene el cabello largo y negro recogido por una vincha, posee una larga barba, ojos pequeños y cafés. Él piensa que los mochileros o “hippies” son personas que tienen un camino diferente al de las demás personas, asevera que viven para cambiar la visión del mundo, explica que son gente que hacen lo que siente en la vida, “no están apegados a nada, porque los autos, las casas y las posesiones materiales se quedan en este mundo, lo único que se lleva a la otra vida es la experiencia lograda”, asegura.

Ramiro explica que el espíritu del ser humano es energía y que estos chicos (señala a Eros, Mono y Sami) vienen para cambiar el pensamiento. “Lo único que podemos hacer para que nuestra vida valga la pena es ser nosotros mismos individualmente”, dice.

La creencia de Ramiro se encuentra en que la sociedad te programa mentalmente para que la energía del ser humano sea enfocada al odio, a posesiones materiales y no fluya así el ser honesto con uno mismo. Cuenta que un proverbio de los indios Jopis dice: “La gente grande y los padres van a alucinar cuando vean a sus hijos vivir como indios de vuelta, no lo van a poder creer ni entender”.

Este antiguo viajero tuvo muchos problemas con migración en todos sus viajes, por lo que está convencido de que la policía “trata como una lacra social y quiere hacer creer a la gente que lo somos”, menciona, sin embargo comenta que la policía tarijeña “es un amor”, debido a que los ven trabajar y no los molestan.

Recuerda que una vez en La Paz lo trataron de deportar, cuenta que a las cuatro de la mañana tocaron la puerta del cuarto donde él y sus compañeros descansaban, “casi como nazis” opina y revela no lo lograron deportar pues él estaba legalmente en el país. “Ningún viajero tiene miedo a nada, si no, no es viajero, los que tienen  miedo son ellos en realidad. Tienen miedo a llevar ese uniforme”, dice.
El acto de Ramiro consiste en tocar el charango con su zampoña, mientras nos habla rasguea unas cuantas notas, como si quisiera colocar una música de fondo. Para Ramiro la vida es un continuo sentimiento que fluye con su charango, una continua energía que sopla su zampoña, un continuo viajar que no sabe cuándo terminará.

El camino sigue

Después de juntar monedas en lo que dicen “fue un buen día”, los viajeros se van de su esquina, recogen sus pertenencias y se acompañan con algunas bromas. Volviendo a su refugio momentáneo en San Lorenzo se topan con otros dos viajeros, al parecer todos ellos se reconocen, comparten y duermen en un mismo techo.

Planean ir a Cochabamba o Potosí, discuten cuándo partir, “mañana, en dos días, unas semanas”, no lo saben con certeza, pues improvisar es su oficio y viajar  es su vocación. Según Eros, ellos hacen lo que el 98 por ciento de la población quisiera hacer, “viajar y conocer diferentes lugares y personas”. 


El País

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